Mujer rica, puta barata. Segunda parte.

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Carmen Russo 1981.

En un barrio rico una mujer se protege del frío con un abrigo de pieles mientras espera en la acera. Todo en su aspecto, la joyas el peinado… deja claro que le sobra el dinero y si alguna hombre se atreve a saludarla ella los ignora con una actitud de perra arrogante.

Una limusina se para a su lado y una chica joven que lleva un anacrónico uniforme estilo años 20 le abre la puerta del coche invitándola a entrar. En el asiento trasero la espera un hombre… “EL HOMBRE”.

Cuando la chofer se cierra la mujer rica cambia por completo, es “pretty woman” a la inversa. La transformación de una ricachona en una puta barata que comienza cuando se abre el abrigo de pieles mostrándole que debajo solo lleva una carísima lencería negra, tal como el hombre le había ordenado.

A partir de ese momento será tratada como un la más vulgar de las putas callejeras. Mientras que la limusina se mueve por la ciudad, ella será usada y abusada en el asiento trasero. Aceptara encantada cada degradación y perversión borracha de lujuria.

En el espejo retrovisor sus ojos se cruzan con la mira cómplice del la chofer, testigo muda de su placentera degradación y eso la excita una más. Se esfuerza más por complacer al hombre y darle un buen espectáculo a la conductora. Demostrar que degradación moral no tiene límites.

Hasta que el hombre está satisfecho y cansado de esa muñeca sucia y sudorosa en la que se ha convertido la arrogante mujer. La limusina la lleva a la misma calle donde la recogió. De nuevo la chofer le abre la puerta y ella sale envuelta de nuevo en su abrigo de piel, pero despeinada, con el maquillaje deshecho y oliendo a sexo animal. Como un último acto de humillación el hombre le tira a los pies la lencería que se dejaba olvidada y un puñado de calderilla, que ella recoge del suelo. La chofer la mira con desprecio y en sus labios rojos se forma una palabra, un susurro a penas audible “puta”.

La limusina se aleja y la mujer vuelve a casa, vuelve a su vida privilegiada de lujo, pero en la mano lleva su lencería sucia y unas pocas monedas, agarradas con fuerza, como si fuera el más valioso de los trofeos.

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maturanga
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